Los adioses

Siempre que decimos ADIÓS se va poco nuestro en esa palabra, perdemos un fragmento de nuestra alma, de nuestra vida, nuestra memoria, nuestro ser. 

Un día de principios de 1977, recibí una pequeña nota de telegrama por la publicación de “María Joaquina en la vida y en la crimen”, novelística ganadora del Premio “Aurelio Espinosa Pólit”, 1976, y que circuló editada en los primeros meses del año posterior.

La firmaba Negro Sáenz Andrade, y fue el inicio de una honda amistad de 45 abriles, marcada por el sentido de lo fraterno, no solo por el afecto que nos unió desde entonces, con el gran poeta quiteño, si no porque nuestras familias entretejieron una red de afecto, de hermandad con los Sáenz Andrade,  sus parejas e hijos, y filial con su maravillosa superiora, Piedad Andrade de Sáenz, mujer de extraordinarios talentos y suprema bondad.

Al principio hubo cartas, y alguna emplazamiento telefónica; con el paso de los abriles, correspondencia imaginario, teléfono, teléfono, teléfono, hasta tres o cuatro veces al día, todo basado en la gran afinidad de dos personas que creían firmemente en el oficio de la escritura, al que se dedicaban sin intereses de ninguna clase y solo llevados por el inmenso aprecio que Negro y yo sentíamos por todo lo significaba LITERATURA, con mayúscula.

Agobiado por la enfermedad que me ha tenido, muchas veces en pésimas condiciones, sobre todo cuando me sometía a la Radioterapia, la nueva de su crimen nos llegó tarde y con un impacto tal, que mi mujer y yo volvimos a observar el dolor de la desvaimiento, y nuestras lágrimas dieron buena cuenta del estado de humor en que caímos.

Y es que Negro no solo era uno de los mayores poetas de su vivientes -la mía, la de quienes tenemos cerca de de 70 años-, sino un amigo en el valentísimo y más hondo sentido del término.

Su crimen nos devastó. Nos sentimos tan destrozados, que cualquier mención a rasgos de esa grata fraternidad que nos unía, desembocaba en lloriqueo. 

Cualquier contacto con su grupo -su esposa Elena, su hijo Franz, sus hermanos y familiares- removía el hondo riquezas de nuestros afectos y nos destrozaba tanto como a ellos.

He intentado repetidamente escribir unas palabras de adiós, y no he tenido fuerzas para ello. Ahora, más de dos meses luego de su partida, esbozo esta despedida, más que tal, un nuevo refriega. (O)

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