La política del carroñero

La Asamblea Nacional se hunde en la inutilidad, la corrupción y las exhortaciones. Los llamados líderes políticos están de vacaciones. Sus partidos y movimientos desaparecieron tras las elecciones. La Conaie tiende la cuerda del enfrentamiento social… Todos dirán que Guillermo Lasso se disculpó porque por eso fue elegido presidente. En esto se resume, aparentemente, el sentido de responsabilidad política y social del país.

Es la tradición. Primero, los candidatos o líderes perdedores se transforman en espectadores. En segundo lugar, se dedican a observar cómo los gobiernos de turno son consumidos por demandas, adversidades e irracionalidad. En tercer lugar, extorsionan al Ejecutivo para sumar votos en la Asamblea o para evitar el caos de caminos y calles. Cuarto, hacen campaña sobre las cenizas del ganador y, si tienen la oportunidad, se apresuran a salir.

Ganar la presidencia produce en Ecuador la extraña impresión de un regalo envenenado. Con un solo toque, los actores sociales y políticos ignoran las realidades y cuentas nacionales y transforman al nuevo inquilino de Carondelet en un multiplicador de boletos: lo hacen responsable de atender todo tipo de solicitudes y pagar todas las facturas vencidas. El ganador está así condenado a ser consumido en un mar de problemas, mientras que a los perdedores se les expiden pasaportes hacia el populismo, la irracionalidad y, si se dan las circunstancias, el golpe.

En el país, la política no es, entonces, el arte de dialogar con la realidad para ver cómo cambiarla. Es el arte de suscitar antagonismos para, a partir de ahí, obtener y sumar capital electoral. En cualquier sociedad democrática moderadamente madura, los gobiernos gobiernan y los partidos de oposición crean sus gabinetes en la sombra. Es decir, piensan en el poder sin asumirlo por completo. A partir de ahí analizan las políticas oficiales, las apoyan o critican, pero siempre las cotejan con las suyas. Así se nutre el concurso de visiones y enfoques que caracteriza a la democracia, se fomenta la conversación pública y los ciudadanos se convierten en interlocutores directos de propuestas de políticas públicas reales y viables. En estos países, el gobierno y la oposición tienen claro su papel: quien gana gobierna y quien pierde afina su programa, enfrentándolo con los hechos. Se trata de decirle a la ciudadanía cómo gobernarían y someter sus fórmulas al juicio de la opinión. En definitiva, esta actitud responsable hacia la política permite a los países avanzar y mejorar la realidad cotidiana de los ciudadanos.

Este no es el caso aquí. ¿A qué crees que está apostando el Correísmo? ¿Cuál crees que es la prioridad de Pachakutik, la Izquierda Democrática, el socialcristianismo? Si las cosas fueran claras, nadie dramatizaría, por ejemplo, el diálogo anunciado entre el gobierno y la Conaie. Una ocurrencia común en cualquier democracia. Aquí no, porque la Conaie y sus aliados (los movimientos sociales) no toman en cuenta quién gana las elecciones. Su actitud es imperturbable: imponerse como el supuesto representante del pueblo y obligar al gobierno de turno, por convicción o movilización en las calles, a aplicar su modelo.

Se entiende por qué las condiciones que pusieron para sentarse son bombas de tiempo destinadas a boicotear el diálogo que reclaman. Estatus político: representante del pueblo. Razón: tu horario. Puntos a debatir: mandatos populares. Diálogo: televisado. Delegación: cien personas.

La Conaie y Pachakutik son extremos. Pero no tienen el monopolio de esta política de basurero producida por el populismo, la confrontación irracional y la corrupción de suma cero para el país real. Y ahí continúan.

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