Cuba y el silencio cómplice

Carlos Mosquera B.

Mientras los cubanos son masacrados por reclamar pan y libertad, los indolentes vecinos, incluido el Papa, no dicen nada, ¿invocan la autodeterminación de los pueblos? “Si quieren atacar la revolución, pasarán por alto nuestros cadáveres”, grita Díaz Candel, el títere de Castro. Fidel se nombró a sí mismo primer ministro y dueño de Cuba en 1959, renunció en 2011 a favor de su hermano Raúl, quien a su vez nombró a Díaz Candel, un testaferro que insta a sus seguidores a enfrentarse a los manifestantes.

La Cuba de Castro siempre vivió de la caridad de Rusia y luego de Venezuela. El Partido Comunista de Cuba estaba desconectado de la realidad, para sobrevivir recurrió a contratar a sus soldados en lugares remotos y perjudicar a sus médicos, de los que abusó en países como Ecuador, robando sus salarios.

Con la demolición del Muro de Berlín, Castro fue desesperadamente a Brasil y convenció a Lula da Silva, líder del Partido de los Trabajadores, de formar el Foro de Sao Paulo, una organización inicialmente formada por partidos de izquierda que se ‘apoderarían’ del mundo, el Forum, considerado Negocio Monstruoso, no ha logrado adquirir suficiente fuerza e importancia para influir en la región; para 2018, la mitad de los países miembros suspendieron su membresía. Castro, eso sí, le dio especial importancia a Hugo Chávez, un golpista que, gobernando Venezuela (1999-2013) le permitió sobrevivir hasta el día de hoy dándole petróleo.